37 Muerte cerebralAunque la muerte cerebral se puede definir de manera sencilla como la cesación total o irreversible de función en el cerebro, la realidad es que esta definición no llega a cubrir todos los aspectos éticos, filosóficos, o incluso neurológicos que caracterizan a la muerte cerebral, no sólo en casos con amplia cobertura por parte de los medios, sino en los casos encontrados a diario en hospitales alrededor del mundo.

El pasado noviembre, la señora Marlise Munoz de 33 años colapsó en su cocina. Teniendo 14 semanas de embarazada, lo que se sospecha fue embolismo pulmonar. Su esposo la encontró en el suelo una hora después, y a pesar de los mejores esfuerzos de los paramédicos, su muerte cerebral fue declarada al día siguiente. El hospital, sin embargo, se rehusó a desconectar el respirador que mantenía el cuerpo de Marlise con vida. Aunque su esposo pidió por el descanso de su esposa, la ley en el estado de Texas prohíbe cesar la respiración artificial cuando la madre se encuentra embarazada: el hospital debía de mantener funcional el cuerpo de Marlise hasta que el bebé naciera o muriera.

El pasado diciembre, la adolescente Jahi McMath fue diagnosticada con muerte cerebral tras complicaciones resultantes de una tonsilectomía. Aquí, sin embargo, no fue el hospital sino la familia la que se rehusó a desconectar el respirador. Ambos casos presentan más similitudes de lo que podría parecer, de acuerdo tanto con la ley como con la literatura médica, tanto Munoz como McMath murieron al momento de ser diagnosticadas con muerte cerebral. De acuerdo con el Acto para la Determinación Uniforme de la Muerte (UDDA, por sus siglas en inglés), establecido en 1981 y aceptado por todos los estados de los Estados Unidos, una persona está muerta no sólo al cesar funcionamiento cardiovascular, sino también al cesar de manera irreversible el funcionamiento del cerebro.

El público, sin embargo, no iguala estos dos conceptos como lo hace la ley: numerosas encuestas todas encontraron que la gran mayoría de la población cree que un individuo diagnosticado con muerte cerebral todavía está vivo, y un porcentaje adicional cree que alguien con muerte cerebral tiene la capacidad de escuchar. Lo que demuestra esto es una falla absoluta, si entendible, de entendimiento respecto al funcionamiento del cerebro y las implicaciones de la muerte cerebral. Más aún, cuando encuestas adicionales de este tipo encontraron que incluso profesionales médicos fallaban en esto, sólo un 38% entendían por completo los criterios médicos y legales para declarar la muerte de un paciente.

Aunque el debate, tanto experto como público, alrededor de la muerte cerebral continúa, es importante entender que la muerte cerebral es precisamente eso, la muerte. Para declarar la muerte cerebral se requiere el diagnóstico de un cese de funcionamiento neurológico total e irreversible; la muerte cerebral no es una muerte incompleta o parcial. Es la muerte, e irreversible. Mantener al cuerpo de un paciente “vivo” a través de un respirador artificial (entre una multitud de otros aparatos diseñados como soporte de funciones vitales) es el equivalente de mantener con vida a un cuerpo sin cabeza, ¿todavía se consideraría un cuerpo decapitado como vivo si se mantiene a través de una multitud de aparatos diseñados para replicar funciones vitales?

Es importante, sin embargo, considerar que se está hablando aquí no de sujetos de experimentos, sino de pacientes humanos. Es natural que existan personas con creencias personales, espirituales, o religiosas que contradigan lo establecido por documentos legales y médicos, en estos casos el respeto es de gran importancia. En cualquiera de los casos, el tema es trágico, y se mandan condolencias a las familias tanto de Marlise Munoz como de Jahi McMath.