Un equipo de científicos logró identificar un jugador clave en la regulación de la presión arterial y demostró que apagarlo reduce la hipertensión en ratones, según una nueva investigación publicada en la revista eLife.

El estudio acaba con la incertidumbre que había sobre la contribución de esta molécula a la presión arterial alta, y podría llevar al desarrollo de nuevos fármacos. La presión arterial alta afecta a millones en todo el mundo y es una de las principales causas de ataque cardíaco y accidente cerebrovascular.

La presión arterial está controlada, en parte, por las células musculares que recubren la pared de las arterias. Estas células musculares tienen proteínas llamadas canales iónicos Receptores de Potencial Transitorio (TRPs) en su superficie, que permiten que el sodio y el calcio se muevan a través de ellas. Alrededor de 13 canales TRP diferentes están presentes en las células musculares arteriales, pero no está claro si controlan la presión arterial normal o contribuyen a la presión arterial alta.

La contribución de los canales TRP a la presión arterial normal y a los cambios en la presión arterial no está clara, y no sabemos si los diferentes tipos de canales en diferentes órganos están controlados de manera similar“, explicó el autor principal Jonathan Jaggar, profesor de fisiología en el Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Tennessee, Estados Unidos. “Elegimos estudiar un canal TRP llamado PKD2 porque los pacientes con mutaciones genéticas en esta proteína tienen presión arterial alta e investigaciones previas han mostrado resultados contradictorios con respecto a sus funciones en las células musculares arteriales“.

El equipo desactivó PKD2 en las células musculares lisas de los ratones y descubrió que tenían una presión arterial más baja que los ratones normales. Después, observaron la constricción de los vasos sanguíneos (vasoconstricción) en los roedores, aumentando la presión dentro de los vasos sanguíneos de la extremidad posterior. De esta forma, hallaron que un aumento en la presión arterial incrementaba la vasoconstricción en ratones con PKD2 funcional, pero no en ratones sin PKD2. PKD2 no contribuyó a los efectos de dos moléculas vasoconstrictoras: fenilefrina y angiotensina II.

Sin embargo, en contraste, cuando observaron las arterias en el abdomen, encontraron que PKD2 contribuye a la vasoconstricción estimulada por fenilefrina. Esto reveló que los estímulos vasoconstrictores específicos activan los canales PKD2 en las arterias de diferentes tejidos corporales. En ambos casos, encontraron que la activación de PKD2 permite una entrada de sodio en la célula que altera la carga eléctrica a través de la membrana de las células musculares y hace que el vaso se contraiga.

Posteriormente, probaron la hipótesis de que la eliminación de PKD2 podría reducir la hipertensión en ratones. Por ello, dieron a los roedores normales y deficientes de PKD2 una infusión de angiotensina II, que elevó su presión arterial, y observaron que el aumento de la presión fue un 26% más pequeño en los ratones sin PKD2. Los ratones con hipertensión también mostraron mayores cantidades de PKD2 en la superficie de sus células musculares arteriales.

Finalmente, el equipo midió la contractilidad de los vasos sanguíneos a alta presión después del tratamiento con fenilefrina, y encontraron que la vasoconstricción en los ratones con deficiencia de PKD2 fue solo de un 70% de la observada en ratones con PKD2 funcional, lo que confirma que la reducción de la presión arterial en ratones deficientes en PKD2 resulta de la relajación de los vasos sanguíneos.

Nuestros resultados indican que los estímulos que activan los canales de PKD2 son específicos de los vasos sanguíneos, lo que demuestra que no existe un mecanismo singular que regule la contractilidad de las células musculares en todas las arterias“, concluyó Jaggar. “Nuestra demostración de que los canales PKD2 de las células musculares regulan la presión arterial es un paso hacia adelante para comprender mejor la importancia de este objetivo de canal iónico en la fisiología cardiovascular normal y como un posible objetivo farmacológico para la enfermedad cardiovascular“.

 

Vía: EurekAlert! – American Association for the Advancement of Science